22 nov. 2016

Agua para el café .-



Se levantó como cada mañana directa a la ducha en modo off.

Salió con el pelo aún mojado dirección cocina en automático.

Llegó.

Levantó la tapa de la cafetera que tenía sobre la encimera.

Vacía.

Desmontó la cafetera, limpio el filtro, le puso café, la cerró bien, encendió el fuego, puso la cafetera encima.

Y se sentó a esperar, fijando la mirada ausente en el pitorro.

Los primeros minutos el ruido era el normal de cuando va a subir el café, un sonido como el de los trenes de vapor que aparecían en las pelis antiguas.

Pero el café no subía.

Minutos más tarde, algo de vapor de agua salió del pitorro, seguido de aquel sonido silbante y nada.

Nada de café.

Entonces se espabiló al fin y empezó a dar marcha atrás en cada paso hasta que llegó y puso la cafetera sobre el fuego.

Sí, el fuego está encendido.

Sí, la cafetera está bien cerrada.

Aquí está el café abierto, así que he puesto café...

He puesto café...Sí.

Seguro.

Entonces decidida se levantó, cogió un trapo de cocina, levantó la cafetera del fuego y la puso bajo el grifo del agua fría.

La cafetera se enfrió, con ese chisporroteo del agua cuando se enfrenta con algo muy caliente.

Cogió la cafetera con un paño, la abrió, y tal como intuyó: agua dentro no tenía.

No había agua dentro de la cafetera.

Se le había olvidado en su automatismo, poner agua para obtener café.

Tan segura estaba, tan confiada, que pasó por alto lo esencial en el principio.

Y todo el mundo sabe que sin agua, no puedes hacerte un café.

(Otros con tal de evitar este error se han pasando al té.)

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