11 dic. 2014

Soltar .-



Siempre me ha gustado la ropa amplia, las prendas sueltas, las cosas cómodas. No me gusta atar, me parece algo muy feo eso de decirle a alguien lo que tiene o no tiene que hacer. 

De pequeña me encantaba encontrarme dientes de león en el campo, alucinaba con esa aparente esponjosidad, esa fragilidad, por supuesto que apetece lo más cogerlo, pero no puedes porque te lo cargas. Así que otra opción, era soplar y disfrutar por un momento de todos esos trocitos volando por el aire. Aunque te lo cargas igual. Lo mejor es dejarlo ahí y mirar a ver qué pasa.

Puede llegar a ser agradable sentir cómo se desprende alguien de ti. Casi tanto como cuando se une a ti. 

Soltar, si se hace bien, es como una caricia, atar sin embargo, puede llegar a ser un abrazo demasiado asfixiante si no te puedes mover durante mucho tiempo.

Con lo bonito que es moverse por el mundo, con muchas caricias de vida, aunque eso implique soltar a quien más quisieras tener a tu lado.

Pero lo que nos conmueve de un pájaro es verle volar, así que nada se gana teniéndole en casa.

En el mundo hay miles de deseos atados por un otro que no quiere soltar. Miles de yoes que no vivirán más que en sueños porque no pueden ni quieren ser soltados.

Mi vida ahora, este aquí ahora que me toca, no es ni mucho menos un lugar sin fantasmas y sin anhelos, fantasmas con cara amable, mounstruosos igual, pero al menos sé que prefiero mil caricias a un enorme, intenso, ferrero y castrante abrazo.

Claro que si me vierais la cara hoy, no os tomaríais ni de coña en serio, todo este rollo que os acabo de meter.


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