23 ene. 2013

De lo ajeno .-



De pequeña sólo me cargué un objeto de casa, era un pez de plata articulado que sostenía entre sus fauces dentadas a otro pequeño pececito y no pude evitar arrancarlo de esa boca dentada para darle la libertad que merecía. Además, por qué no confesarlo, era superchulo tenerlo entre las manos, tan pequeño y articulado como un pez de verdad. Cada día lo liberaba para depositarlo junto al otro gran pez imaginándome una pecera perfecta con todos los peces libres por ahí. Paulina cada mañana se encargaba de volverlo a poner en "su sitio" y así vuelta a empezar. Entiendo que quería enseñarme algo que yo no quería aprender o asimilar como lógico.

Total que ya desde pequeña tenía poco interés por lo que no era mío...Y por mías con el tiempo he llegado a considerar a penas ninguna cosa, malinterpretándose esto como falta de interés pero de eso no toca hablar hoy. Hoy toca hablar de que ya desde pequeña he tenido un extraño encaramiento ante lo que a mí me resultaba injusto.

No puedo entender, me cuesta horrores (léase terribles fantasmas que me visitan sin cita previa) comprender cómo el amigo de lo ajeno es tan poderoso, tan impune, tan bárbaro como para: no sólo hacer como propio algo que de ningún modo le pertenece y que de ningún modo ha ganado o ha merecido poseer, sino que además con ello se enriquece empobreciendo a los demás de un modo tan terrible e inhumano.

Ergo amigo de lo ajeno es alguien poco humano. Ergo los humanos no aman lo ajeno. Ergo los que aman lo ajeno no son humanos.

Ergo estamos dominados, gobernados, sometidos, fatídicamente controlados por no humanos.

¿Y qué hacemos?

Deberíamos empezar a sacar a los peces de entre las fauces del gran pez a ver si con suerte termina el grande muriendo de hambre.

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