7 jun. 2016

El hombre tardío .-





Érase una vez un hombre que siempre llegaba tarde. Le gustaba tanto tardar, que llegaba tarde hasta a sí mismo. Eso decían lo demás puesto que en su mundo el tiempo marcaba metas, marcaba hito, marcaba fechas. En su mundo el tiempo era una especie de dios omnisciente, de culto inconsciente.

Este hombre, no es que se retrasara, es que le gustaba tomarse el tiempo que hay que tomarse para llegar a los sitios recorriendo los lugares. El tiempo, sinceramente, no le importaba.

- Porque a los sitios se llega cuando ahí que llegar, lo importante es el camino y estar pendiente de cada lugar al pasar.- se decía, mientras su caminar cada vez más lento se convertía.

Esto claro está, los demás no lo comprendían.

Puesto que vivían a salto de pito, a toque de silbato, a aviso en la agenda. Los demás, los otros de más, llevaban el tiempo metido en su consciencia, tan metido, que prácticamente no se daban cuenta.

Este hombre, no es que hablara poco, es que para cuando quería responder a lo que le decían, era demasiado tarde para ellos y ya ningún caso le hacían.

Era un hombre tarde, en un mundo crono-gráfico muy estricto, con planes muy cerrados, mentes muy cerradas, espacios muy acotados. Donde todo estaba programado, tenía que ser estudiado, analizado, destripado y luego vuelta a empezar para terminar en el mismo lugar, en el mismo lado y vuelta y vuelta y vuelta, como las manecillas del reloj. Siempre parando en el mismo lugar, siempre recorriendo un bucle circular.

Eso, amigos míos, no se parece en nada a avanzar.

En ese mundo los hombres creían tanto en el tiempo, que pensaban que les pertenecía. Como si fuera algo contable. Hablaban de ganar y de perder tiempo, como si ellos fueran quienes manejaban su cadencia.

Tiempo, tiempo.

Ponderaban el tiempo con medidas imposibles de cuantificar.

Pronto no existe.
Luego no está.
Tarde no es nunca.

Porque el tiempo no pasa. El tiempo es.

¿Qué os puedo contar si no lo sabéis?.

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