28 ene 2020
Fanfarlo - Harold T Wilkins, Or How To Wait For A Very Long Time .-
Topo y Pingüino .-
Había una vez en un frío frío lugar una comuna de pingüinos en la que era muy difícil entrar. Eso se debía en gran medida a que los pingüinos sentían que ese lugar les pertenecía. Como si la tierra, el sol y el mar fueran una propiedad.
—No les queremos aquí.
—Se tendrán que ir.
—En este frío lugar solo nosotros podemos vivir.
Las reuniones de pingüinos, como podréis imaginar, eran muy exclusivas y bastante monotemáticas.
Pero por suerte siempre ocurre que no todo el mundo es gregario, aunque la doctrina les limite, y en este frío lugar había pocos pero había muy buenos pingüinos a los que les gustaba integrar a los demás.
Ese es el caso de uno de nuestros protagonistas.
Pingüino era un tipo muy estirado, con un andar muy aplomado, que solo se relacionaba con pingüinos como él, puesto que su educación le impedía mirar de igual a igual a otras especies del lugar, si es que las había, porque ya se encargaban los pingüinos de que nadie allí se quisiera quedar.
Aún así, de vez en cuando pasaba una gaviota despistada o un albatros. Incluso una vez se cuenta que hubo una familia de patos, que despistados perdieron el rumbo y terminaron allí, pero solo un rato.
Un día, eso sí, cayó por allí, no se sabe bien de dónde, un topo con cazadora y gafitas de aviador. ¿Puede ser que en este mundo hubiera un topo volador? Puede ser tal vez que se cayera de un globo. El caso es que cayó justo allí cerca de las patas de Pingüino en un día frío, muy frío. Frío como todos los demás.
Como Pingüino tenía problemas de cervical al principio no lo vio. Sólo oyó como un golpe seco y profundo precedido de un largo silbido y al ir a dar un paso más hacia la izquierda entonces sí, se encontró con el cuerpo dolorido del topo volador.
Una de las cosas que tiene la crianza en comunidad es que siempre confías en que ésta cuide de los demás tanto como cuidó de ti, si es que te has criado en un entorno seguro.
Pingüino, aunque anti gregario y con personalidad propia, seguía pensando que las ceremonias importan, por lo que pasó por el Consejo para ver cómo se debía proceder con este nuevo y peculiar ser.
Y así lo hizo, pero no fue suficiente.
Pingüino quedó entonces un poco perplejo, pues no entendía en absoluto la decisión del Consejo. No había argumento válido, ni veía la razón, para no ayudar a alguien que seguro lo necesitaba un montón. Así que cargó con su nuevo amigo y le llevó a un lugar por donde el resto de los pingüinos no solían pasear.
Y así lo hicieron.
Depende de la edad que tengas los años se hacen más o menos largos, Topo debió de caer mayor en ese hielo, pues llevaba ya más de una década allí y le parecieron muy pocos años.
Años en los que Pingüino le enseñó todas las cosas de Pingüino que sabía: como bucear, pescar arenques y beber agua salada. Esto último a Topo no le gustó para nada.
Cuando hablaban Topo escuchaba casi todo el tiempo, puesto que poco recordaba de lo que antes de llegar allí había hecho. El golpe lo debió dejar sin memoria de largo tiempo, pero su instinto le decía y eso sí que lo repetía siempre que tenía ocasión.
Un día el viento sopló con más fuerza de lo habitual. De eso Topo no se enteró puesto que había construido bajo tierra su hogar. Pero al día siguiente nevó con gran intensidad y eso sí lo notó, porque el tejado de su vivienda le empezó a quedar más cerca de su cabeza. Así que salió y en la puerta se encontró a su amigo Pingüino extrañamente helado.
Topo habló con determinación, como antes nunca Pingüino le había escuchado.
Al cabo de muy pocas horas un centenar de Pingüinos ateridos rodeaban el pequeño agujero por donde se entraba a la casa que Topo había esculpido. Topo salió y les indicó.
Y les llevó a una parte del glaciar aledaño a su agujero, donde había no una entrada sino una grieta en medio del hielo.
Al entrar por allí los Pingüinos no se lo creyeron. Durante el tiempo en que Topo fue rechazado por aquella comunidad, él se dedicó a escavar un refugio para todos por lo que pudiera pasar, porque sentía que pasaría algo que finalmente pasó. Un frío extremo llegó y se quedó.
El viento siguió rugiendo durante más de treinta días y más de treinta noches. La nieve caía con fuerza y de no ser por ese refugio de todos seguramente esta historia no acabaría como termina.
De los peces que pescó Topo solo se tomó las raspas y el resto lo almacenó en pequeñitas montañas.
Y es que las cosas que se hacen por los demás, si realmente se hacen para otros, no tienen que ser reconocidas.
Por supuesto que, en cuanto el tiempo cambió, Topo tomó una decisión y fue marcharse muy lejos, pues no le gustaba el Consejo, ni el frío, ni las raspas del pescado. Así que marchó hacia otro lado.
Eso sí, siguió hasta el final de sus días en contacto con Pingüino, quien recibía de vez en cuando noticias que llegaban volando, cuando una carta caía junto a él, tras un golpe seco precedido de un largo silbido.
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